Anoche fui David durante un rato.
Salí de trabajar con la intención de irme a casa plácidamente, pero cuando llevaba un rato apalancado, recibo una llamada de J. (J. es un compañero de trabajo, del que ya os hablaré más adelante).
- ¡Arald! ¿Qué haces?
- Nada, estoy aquí tirado leyendo un rato...
- ¿Leyendo? ¿Un viernes por la noche...?
- Mmm... ¿sí...?
- Tira el libro y nos vemos en media hora en la Plaza del Corso.
Estuvimos de garito en garito mucho rato y entre una cañita por un lado y un porrito por el otro, a J. se le empezaba a ir de las manos. Un billar, dos, tres, una cerveza y unas amigas.
- ¡Ey! ¡Hola!
- ¡Hola! ¿Cómo estáis?
- Blablabla (balbuceos de borrachos)
- Os presento...
Fue ahí cuando, debido al exceso de alcohol y otras sustancias en el interior de J. que me convertí en David.
- X. este es David
- David esta es X.
¿Qué se hace en un momento así?
Solución 1:
- X. este es David
- David esta es X.
- Mmmm perdona, pero mi nombre es Arald
- Buah tío, perdona es que estoy borracho, blablabla...
Solución 2:
- X. este es David
- David esta es X.
- Mmmm perdona, pero mi nombre es Arald
- ¿Arald? venga ya David, no me tomes el pelo...
Solución 3:
- X. este es David
- David esta es X.
- Mmmm perdona, pero mi nombre es Arald
- Entonces, ¿Por qué todo el mundo te llama David?
Así que la solución que tome fue la que encontré más acorde a la situación.
- X. este es David
- David esta es X.
- Encantado, soy David, de los David de toda la vida.
La noche fluyó bastante bien, y reconozco que ser David no se me dio nada mal. Sólo le veo una pequeña brecha a esta historia, y es el día en que vuelva a ver a la tal X.
sábado, 23 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Hace unas semanas que empecé a trabajar en un restaurante, mi eterno trabajo de verano. No es el mismo restaurante en el que trabajé el año pasado con lo que cambia bastante todo. A priori en este nuevo lugar de trabajo todo son ventajas respecto al anterior. Está a 5 minutos de casa, el horario es más asequible y el sueldo es superior al anterior. Pero mi intención en este post no era hablaros del trabajo en si, sino de los entes que en él trabajan. Lo normal, en una plantilla de 8 personas es que alguna de ellas tenga alguna peculiaridad que la distinga de los demás, algún rasgo en su personalidad que la defina y/o difiera del resto de la humanidad. El caso es que en este restaurante no hay una sola persona normal, todos, repito, todos, tienen algo especial. Y no estoy hablando de especial en el sentido -¡Oh! ¡Eres especial, vas a triunfar en la vida! sino, más bien, algo como -¡Oh! ¡Eres muy... mmm muy... mmm ¿especial?!
Hoy me gustaría hablaros del El folla mesas. El folla mesas, no es más que una persona de aspecto sencillo y ajustado al canon estándar que, gracias a ese disfraz de persona normal, consigue camuflar perfectamente su desorientada sexualidad. Es camarero de profesión y entra continuamente a la cocina en busca de los platos para llevarlos a las mesas (hasta ahí, todo bien). El problema llega cuando en alguna de esas mesas se encuentra alguna fémina de aspecto apetecible, con lo que El folla mesas entra en la cocina con los ojos inyectados en sangre, con paso acelerado y directo a la mesa que hay en el centro de ésta, y con un repetitivo movimiento de caderas empieza a simular la penetración con dicha mesa. Es un acto que dura aproximadamente cinco segundos, pero, chicas, es intenso y apasionado. Debo decir en su defensa que, dentro de lo que cabe, es un chico considerado, ya que después del acto acaricia a la mesa con dulzura.
Love is in the air.
jueves, 7 de junio de 2012
Todo. Absolutamente todo lo que somos es producto de lo que, un día, dejamos de ser. A veces empiezo a pensar sobre cómo sería mi vida si, en un momento concreto de mi existencia, hubiera tomado un camino distinto al que tomé, dónde estaría ahora mismo si, al tomar una decisión importante, o no tanto, hubiera tomado la contraria, o siendo menos extremista, otra distinta. Podría hacer un repaso de grandes momentos en mi corta trayectoria vital donde me vi envuelto en decisiones difíciles, decisiones en las que la elección de una, conllevaba el abandono de otra, cerrando para siempre una puerta.
Normalmente la gente piensa en relaciones sentimentales cuando hablo de este tema, y también, pero no es exactamente a lo que quiero referirme, sino más bien al cúmulo infinito de situaciones en las que, diariamente nos vemos involucrados, pasando por delante de ellas sin darle la más mínima importancia, y, una vez en el futuro, volvemos la vista atrás y pensamos: - ¿Qué hubiera sido de mi en si en aquel instante hubiera tomado otra decisión?
Evidentemente, nunca lo sabremos, pero sí podemos especular, porque el hombre, ha sido creado para tal fin, para imaginar, para preguntarse siempre '¿y si...?'.
Normalmente la gente piensa en relaciones sentimentales cuando hablo de este tema, y también, pero no es exactamente a lo que quiero referirme, sino más bien al cúmulo infinito de situaciones en las que, diariamente nos vemos involucrados, pasando por delante de ellas sin darle la más mínima importancia, y, una vez en el futuro, volvemos la vista atrás y pensamos: - ¿Qué hubiera sido de mi en si en aquel instante hubiera tomado otra decisión?
Evidentemente, nunca lo sabremos, pero sí podemos especular, porque el hombre, ha sido creado para tal fin, para imaginar, para preguntarse siempre '¿y si...?'.
viernes, 13 de enero de 2012
jueves, 15 de diciembre de 2011
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey en las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días y le dijo: "¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muerte el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso".
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.
Jorge Luis Borges El Aleph
lunes, 12 de diciembre de 2011
Imagina por un momento que todo lo que vives es una farsa. Tienes tres segundos para imbuirte en ese pensamiento. Todo lo que conoces, lo que hueles, lo que ves e incluso lo que sueñas. Todo, desde el perro que, cada mañana, está en la esquina de tu calle esperando silencioso a que pase algún coche para perseguirlo, hasta el más pequeño de los pensamientos que recorre en forma de eléctricos golpes tu cerebro. Todo eso, es una farsa.
Si eso fuera así, ¿qué harías? ¿dejarías de hacer lo que haces, sentir lo que sientes o soñar lo que sueñas?
Si eso fuera así, ¿qué sentido tendría preguntarse todo esto?
Todo es una farsa. Tú y yo, también, por supuesto.
jueves, 29 de septiembre de 2011
La primera vez que consumí heroína fue en París. Recuerdo todavía aquella noche con claridad. Estaba sólo, miré por la ventana y el vaho producido por mi respiración agónica hizo que me diera cuenta del frío que hacía fuera. No había un alma en la calle y la farola, que se encontraba justo en la acera de enfrente, parpadeante, pero a la vez cándida y anaranjada, era el único abrigo del que disponía aquella noche. Saqué del bolsillo de mis pantalones ajustados una bolsita de plástico transparente que contenía aquel polvo mágico. Blanco como la nieve pero con un granulado perfecto. Desenrollé con cuidado el plástico que había hecho la función de caja de pandora y en ese momento me sentí como un simple y vulgar mortal desatando todos los males del mundo.
A duras penas y de una forma un tanto desordenada, al igual que todos los aspectos de mi vida en aquel momento, conseguí hacer una raya semiperfecta. Era y sigo siendo, demasiado cobarde para inyectarme algo en vena. Le temo a las agujas como al amanecer en los días pares. El que pueda no salir el sol ese día y que encima esté solo, como un número impar a la espera de alguien que no llegará nunca, me aterroriza. Esnifé de una vez la interminable línea blanca que había dispuesto a lo largo de mi escritorio y, acto seguido, mis pupilas, como girasoles cegados por el sol del mediodía se abrieron de golpe. Contuve la respiración, por miedo a haber hecho algo mal, pretendiendo que sin respirar, todo fuera a salir bien. Silencio es lo único que recuerdo de ese instante y de pronto el estruendo que provocó mi cabeza al chocar contra el duro suelo de madera.
Mis ojos, aun abiertos, contemplaban las partículas de polvo, desde una perspectiva paralela al suelo. Permanecí inmóvil durante varios minutos y por mi mente pasaron cantidades de imágenes irreconocibles algunas, y otras, tan familiares como la figura de Émile Zola que me repetía incesante una y otra vez C'est un samedi, à six heures du matin que je suis mort... así mismo me sentía yo, igual que Olivier Bécaille sin poder mover un músculo pero sabiendo que a pesar de estar muerto externamente, paradógicamente estaba más vivo que nunca.
Y entre la convulsión de imágenes y la repetición de frases en francés vi a Rubén Darío. El causante de todos mis males y el culpable de que estuviera ahí, tendido sin poder siquiera decir palabra. Él, a mi edad ya había escrito Azul... para mi, el mayor logro de la literatura y yo... ¿yo, qué? mi creatividad permanecía intacta encerrada en alguna parte de mi cerebro esperando ser machacada. Entonces me levanté como pude, agarré un trozo de papel usado y con manchas de café y escribí con una caligrafía perfecta:
Azul... apesta.
Aquella noche cambié las cadenas opresoras de Darío por los dulces grilletes de la droga sintética.
Aquella noche cambié las cadenas opresoras de Darío por los dulces grilletes de la droga sintética.
sábado, 10 de septiembre de 2011
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